jueves 17 de diciembre de 2009

"Si vuelvo, me mato"

Quiero difundir este vídeo en el que se da cuenta de un informe que Amnistía Internacional ha realizado denunciando los malos tratos (porque de ello se trata, sin rodeos) que muchos menores han recibido en centros educativos y terapéuticos a los que fueron enviados por padecer trastornos del comportamiento severos, sí, pero no olvidemos que como consecuencia de trastornos en la vinculación a causa de los malos tratos (violencia, negligencia, abandono, abuso...) sufridos en el seno de su familia.
Es lamentable y reprobable que estos jóvenes hayan tenido que ser revictimizados en centros donde se supone que han acudido a que les ayuden a reparar el dolor y el sufrimiento ocasionados por los malos tratos.
No me cansaré de afirmar que las tácticas clásicas de modificación de la conducta (castigo físico, aislamiento, retirada de privilegios...) no funcionan y encima están contraindicadas para menores que han sido víctimas de malos tratos. Estas tácticas gatillan la rabia del niño maltratado (la cólera le es muy familiar) y activan su estrategia "depredadora" aprendida para sobrevivir en un entorno hostil, carenciado, violento...
Sólo desde las técnicas y procedimientos educativos y conductuales focalizados en el apego, que no vulneren los derechos de los menores, que empaticen y marquen límites normativos que respeten a la persona, es como se puede ayudar a que estos jóvenes se recuperen y puedan integrarse en sociedad.
Otra cuestión a comentar: la psiquiatría hace una lectura demasiado patográfica de los problemas de estos menores (abusando de un diagnóstico) pero se olvida de la visión biográfica: el menor tiene una dura historia de vida y, ante todo, un sufrimiento. Desde esa óptica debe mirarse y analizarse el diagnóstico; si no, éste se convierte en algo puramente etiquetador y estigmatizador.
Atención a la conclusión final del vídeo, es una verdad como un templo.
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miércoles 16 de diciembre de 2009

Reconocer el dolor y el sufrimiento de la persona maltratada

Esta semana, conversando con un colega psiquiatra, hablábamos de que (al menos en nuestro ámbito) es relativamente reciente el hecho de reconocerle a una persona adulta maltratada en la infancia el derecho a su dolor y sufrimiento, así como la trascendencia que ello ha tenido y tiene en el posible padecimiento de trastornos mentales y/o de la personalidad.

En una reciente revisión de estudios, encontré que haber padecido maltrato en la infancia se asociaba en la vida adulta con depresión, trastornos de la conducta alimentaria, dolores de cabeza, trastornos de personalidad, ansiedad, trastornos del control de los impulsos, trastornos disociativos, trastornos psicosomáticos, peor salud en general y menor calidad de vida.

Cada vez con más certeza se avanza hacia una neuro-psico-fisio-terapia. Ello supone la certeza de que las experiencias tempranas infantiles positivas influyen directamente en el cerebro/mente, estructurándolo, organizándolo y haciéndolo funcionar, usando la metáfora, como una orquesta bien dirigida. Es muy importante caminar hacia la superación de postulados decimonónicos que resultan insuficientes para explicar determinadas patologías y que además resultan equivocados y, por lo tanto, no benefician a la persona. Y también es necesario adoptar una visión ecosistémica: la historia de vida y los contextos tienen una importancia capital.

Todo esto va entrando en la cultura educativa, médica y psicológica (en algunos ámbitos todavía sigue sin calar, aunque a alguien le parezca mentira) No hace mucho era algo que se consideraba colateral o marginal. Me relataba mi colega psiquiatra que cuando él hizo la residencia a finales de los años ochenta, cuando al paciente se le entrevistaba y se hacía su historia clínica y refería que había padecido malos tratos de niño, se anotaba como algo a lo cual no se le concedía la suficiente trascendencia. Se pensaba que era algo que el adulto habría resuelto porque ya era mayor. O que ya no le afectaba. Cuando ahora se sabe que no es así en muchos casos.

Toda persona víctima de malos tratos, niño o adulto, necesita en la psicoterapia que el profesional le reconozca de manera abierta, respetuosa y empática su dolor y sufrimiento. Desde esta condición de víctima le ayudaremos a dar el paso para que pueda avanzar a verse como superviviente y de ahí a viviente. Este reconocimiento tiene efectos curativos per se en muchos casos.

Y no sólo los profesionales. También los padres adoptivos, los padres de acogida, los educadores de los centros de menores, los profesores de los colegios e institutos… en suma todo aquel que se encuentre con una persona (niño o adulto que haya sido maltratado) generará un gran beneficio y alivio si reconoce a la víctima su legítimo derecho a sentirse como se siente, que es comprensible y que es muy duro por lo que ha pasado. A veces se tiende a minimizar el maltrato y hacerlo es perjudicial y contraproducente. Algunos padres adoptivos suelen creer que eso se pasa, se olvida con la edad y que no tiene por qué influir tanto y no es así. No reconocer el dolor a las víctimas les daña. Muchas convivencias problemáticas de padres adoptivos con hijos que presentan reacciones agresivas producto de ese sufrimiento que provocan los malos tratos se suavizarían más si aquéllos actuarán limitando la conducta negativa, claro que sí, pero a la par transmitieran comprensión empática.

Personalmente, es lo que hago en mi consulta con toda víctima: empatizar con su dolor. Muchos me dicen (aunque parezca increíble) que nunca nadie lo había hecho de ese modo tan claro. La víctima ha pasado normalmente por durísimas experiencias y a pesar de las secuelas, conserva áreas sanas y fuertes (como suele ocurrir afortunadamente) Por ello, además, hay que hacerle el honor de expresarle directamente que para nosotros ha sido un valiente y un héroe anónimo. Para todos (pero especialmente para los adolescentes y los niños maltratados) eso es como agua bendita.

miércoles 9 de diciembre de 2009

Niños peluche

Hace una semana charlaba con una compañera de profesión y comentábamos sobre distintos perfiles de casos que acuden a nuestras respectivas consultas.

Reparamos en un tipo de perfil -cada vez más frecuente- que mi compañera ha bautizado con un nombre acertado y significativo: niños peluche.

Los niños peluche son aquellos que desde que nacen son educados en una dependencia afectiva extrema hacia los padres. Especialmente se da entre hijos varones y madres.

Estas madres frenan la maduración y el desarrollo de sus hijos, de tal manera que no estimulan la necesaria autonomía acorde a la etapa evolutiva por la que el niño atraviesa. Emocionalmente, estos hijos compensarían las carencias afectivas de las madres por lo que la separación, que necesariamente ha de ir produciéndose para que el niño enfrente la vida interiorizando seguridad en sí mismo, la viven con angustia. Siempre hay una excusa para tener al hijo cerca, basándose en un discurso centrado en "el niño no puede, es débil, aún es pequeño…" Se genera un vínculo extremo muy fusional en el cual además de la dependencia afectiva, los límites de la relación no están definidos (por ejemplo, es muy habitual que los hijos duerman con la madre hasta muy entrada la niñez; lleven pañales hasta los 7 años; anden en silla más allá de lo recomendado; alarguen el uso del chupete; se les evite cualquier tipo de dificultad en la que haya que luchar...) Es bastante típico que el padre sea una figura periférica: muchas horas ausente por el trabajo, o hay problemas de pareja, o el padre se siente o es desplazado de esa relación.
Un niño educado de este modo por su madre no es percibido como un ser independiente sino casi como un apéndice de la propia madre. En realidad esta educación negligente es un tipo de maltrato al niño.

Los niños suelen ser poco energéticos, lentos, parece que todo les cuesta un esfuerzo extra, la frustración no la toleran, inseguros, con baja atención, parecen no tener un sentido del sí mismo desarrollado (las madres hablan por ellos y cuando ellos hablan dicen lo que aquéllas expresan), manifiestan rabietas y en algunos casos problemas de conducta e impulsividad.

Al final, una relación de este tipo, donde el niño no puede desarrollarse con autonomía, suele terminar de manera negativa porque la única vía que el hijo encuentra para librarse de una relación que ya vive como sobrecargante es la agresión. Desgraciadamente, para separarse y afianzar su individualidad el único recurso que encuentran es el de recurrir a la rebeldía manifestada mediante episodios agresivos. No han vivido una función reflexiva, es decir, madres que reflejen las emociones sin invadir al hijo con sus propios miedos, inseguridades, angustias, dudas...

jueves 3 de diciembre de 2009

Estar plenamente presentes

Este concepto vivencial lo aprendo de Violet Oaklander, cuyo último libro me está atrapando por las inmensas posibilidades terapéuticas que abre para el tratamiento de niños que han padecido trauma, alteración en el vínculo de apego, experiencias sobrecargantes para la mente… Pero sobre todo por cómo concibe las relaciones humanas.

Lo que más me gusta –y que creo que proviene de la escuela de psicoterapia guestalt- es el requisito que ella establece para hacer una buena psicoterapia con cualquier niño o adolescente: estar plenamente presentes en la sesión. Poner todos los sentidos, sentimientos, atención, cuerpo, mente… centrados en el niño. Esto, que a mí me parece similar al concepto de presentificación de Van der Hart, es clave cuando tratamos niños traumatizados. Va a permitir que puedan desarrollar un sentido pleno de sí mismos y la noción de permanencia. No olvidemos que muchos de ellos tienen un problema enorme con ser capaces de estabilizar sus deseos, intenciones o conductas; si el adulto desaparece, el sentido de uno mismo se desvanece y sobreviene la desregulación. El niño depende de la referencia externa del adulto.

Creo que ese estar plenamente presentes en las sesiones de terapia y que el niño lo perciba y sienta así, junto con otras técnicas, favorece, a largo plazo, el desarrollo de la permanencia a la que me acabo de referir.

Del mismo modo, estar plenamente presentes, nos permitirá establecer un buen contacto con el niño y mantenerlo; este es otro concepto de Oaklander que me parece excepcional: ayudar a los niños, durante el proceso terapéutico, a través de la relación con el terapeuta, a establecer un buen contacto. El contacto implica todos los sentidos, sentimientos, conductas… del niño y del terapeuta en su interacción. El terapeuta es el que "enseña" a contactar al niño durante las sesiones. Lo entrecomillo porque no es una enseñanza al uso, es una vivencia terapéutica.

Pienso finalmente, que estos conceptos nacidos en el contexto psicoterapéutico pueden y deben extrapolarse al ámbito cotidiano: ¿Cómo contactamos con los demás? ¿Estamos plenamente presentes cuando alguien nos habla, nos llama, cuando nuestros hijos nos piden jugar...? Muchos problemas de los niños traumatizados, emocionalmente perturbados, de los etiquetados como hiperactivos... radican en este problema con el contacto.

Hagamos un sencillo ejercicio: imaginad (con todos vuestros sentidos implicados) por un momento lo bien que os sentistéis cuando sentistéis (valga la redundancia) que una persona que queréis estaba plenamente presente y conectada con vosotros (PAUSA) Ahora, ser conscientes de la emoción que se ha generado en vuestro cuerpo al recordarlo ¿A que es gratificante? Eso es lo que el niño siente de su terapeuta y es lo que le ayuda a sanar de sus dolorosas heridas traumáticas.

miércoles 25 de noviembre de 2009

"El tesoro escondido"

Violet Oaklander es una veterana psicóloga doctorada, un pozo inmenso de sabiduría, conocimiento y experiencia clínicas. Ni más ni menos que 30 años trabajando en psicoterapia con niños y adolescentes... Se dice rápido.

Por recomendación de mi amiga y colega Maryorie Dantagnan, he empezado a leer su último libro, publicado el pasado año, titulado: “El tesoro escondido. La vida interior de niños y adolescentes”

En la contraportada del mismo, aparecen algunas de las ideas de esta eminente psicóloga, a quien descubrí hace unos años cuando adquirí un manual de terapia de juego.

Estas ideas me han encantado y creo los profesionales de la psicología y de la educación podemos reflexionar en torno al niño y su mundo (hoy en día existe una tendencia hacia una visión patográfica; por ejemplo, hablamos de "niños hiperactivos" y nos olvidamos del niño-persona –sus sentimientos y las relaciones que establece en los distintos contextos en los que interactúa-) interior. También los padres pueden enriquecerse de las aportaciones de Oaklander. Todos tenemos mucho que aprender de ella.

Transcribo esas ideas y las comentamos, si os parece:

Los niños jamás aprenden a realizar tareas a través de la frustración.

Los niños de todas las edades se culpan por toda suerte de cosas terribles.

Los niños con familias disfuncionales o algún tipo de trauma, tienden a crecer demasiado rápido. Se saltan muchos pasos importantes en el desarrollo.

La resistencia es la aliada del niño; es su manera de protegerse. Yo espero y respeto la resistencia. Me sorprende más cuando no existe que cuando aparece.

¿Qué trae a los niños a terapia? Dos problemas básicos: les cuesta hacer un buen contacto con profesores, padres, pares y libros, y generalmente tienen un pobre sentido de sí mismos.

Cuando un niño llega a terapia, sé que ha perdido lo que alguna vez tuvo, y tenía derecho a tener, cuando era bebé: el uso pleno y gozoso de sus sentidos, cuerpo e intelecto y la expresión de sus emociones. Mi trabajo es ayudarle a encontrar y recuperar esas partes faltantes de sí mismo.

Los adolescentes no son una misteriosa raza humana. Están atravesando por un proceso de desarrollo normal y necesario. Son sabios, perspicaces, divertidos y ansiosos por conocerse, individuos con necesidades especiales.

La ira tiene mala fama: nos enseñaron que es malo estar enojados y a menudo intentamos evitar ese sentimiento, generalmente con un alto costo para nosotros mismos.

La experiencia musical es nutritiva. Cada vez que participo con un niño, siento alegría y felicidad. Incluso cuando golpeamos con tambores para expresar rabia, lo hacemos con placer.

miércoles 18 de noviembre de 2009

La reconstrucción de la historia de vida en niños/as adoptados/as

Muchos niños adoptados tienen a sus espaldas historias de vida en las que padecieron carencias, abandono y, en algunos casos, malos tratos. Tuvieron que desarrollar mecanismos adaptativos para hacer frente a esas condiciones. Otros fueron adoptados casi desde el nacimiento y no portan esa mochila, pero no obstante ellos deben hacer frente a sus orígenes, de dónde y de quiénes proceden.

Las asociaciones que apoyan a los padres en el proceso pre y post adoptivo son conscientes de ello y les alientan a que tengan en cuenta esta realidad, enseñándoles que con sus hijos, además de ir construyendo un vínculo, hay que estar preparados para hablarles de la adopción y de sus orígenes con naturalidad, permitiendo y acogiendo la expresión de sentimientos en torno a ello.


Cuando existe trauma crónico (esto es, niños y niñas que han vivido situaciones muy intensas y prolongadas de carencias, abandono y malos tratos), es muy probable que presenten problemas y dificultades de aprendizaje y conductuales severos como consecuencia de un trastorno del vínculo de apego (Para saber más sobre esto, visitad los post sobre apego)


Es por ello por lo que muchos padres adoptivos derivan a sus hijos a tratamiento psicoterapéutico, con el fin de tratar todos estos problemas y también ayudarles a ellos sobre cómo educar mejor a sus hijos. Hay padres que tienen que responsabilizarse de menores muy dañados resultando un auténtico desafío para ellos.


Cada vez somos más conscientes de que cualquier tipo de psicoterapia no es válida. El modelo de psicoterapia fundamentado en el tratamiento del trauma y del apego es el que se considera de elección. Dentro de una relación terapéutica que fomente un apego también terapéutico que se constituya en la base reparadora, se van utilizando con los niños/as distintas técnicas que tratan de ayudarles a autoconocerse, regular sus emociones, expresarlas adecuadamente, modificar sus ideas y creencias respecto a los modelos internos que tienen acerca de cómo les cuidaron, atender a los síntomas que puedan presentar (los niños/as presentan cuadros muy diversos entre los que cabe esperar la depresión, los trastornos de conducta, hiperactividad, trastornos de alimentación, de los impulsos, trastornos de la eliminación, miedos, fobias, ansiedad generalizada, trastornos del aprendizaje, de la atención…), abordar los contenidos traumáticos exponiéndose, liberándolos y desarrollando sentimientos de control sobre los mismos y, finalmente, la reconstrucción de su historia de vida. Que el niño enfrente el trauma y lo integre y que desde la relación terapéutica vaya adquiriendo patrones relacionales sanos y constructivos, es lo fundamental.


Este trabajo de reconstrucción de su historia de vida es clave. Supone ir ayudando al niño/a a desarrollar una narrativa que le aporte una visión coherente de los distintos sucesos traumáticos por los que ha pasado.


¿Por qué es tan importante una narrativa? Daniel Siegel dice que "...las narrativas se han podido originar como una parte fundamental del discurso social. Las historias tratan de dar sentido a los acontecimientos y a las experiencias mentales de los personajes. Las historias funcionan para crear una sensación de comprensión coherente del individuo en el mundo a lo largo del tiempo. La mente hace un esfuerzo integrador para crear una sensación de coherencia en sus propios estados a través de diferentes momentos y contextos"


¿Qué sucede cuando el niño/a vive, sobre todo desde temprana edad, una sucesión de acontecimientos externos y experiencias internas sobrecargantes para su mente en forma de abandono o maltrato? Que la mente se puede tornar más caótica, incoherente y ese esfuerzo integrador se puede ver comprometido.


El niño tratará de buscar un sentido a lo vivido, pero este sentido puede ser sumamente incoherente, fragmentado, suelto, deslavazado. Ahí es donde observamos que su mente no se ha integrado.


Si le ayudamos en psicoterapia a reconstruir su historia, le estaremos aportando una narrativa y ayudaremos a juntar los fragmentos que él ya tiene; veremos cómo ha rellenado los huecos (para buscar algún tipo de comprensión) Y le aportaremos una narrativa que termine de dar sentido a lo que él no puede o no sabe dar. Y por lo tanto, favoreceremos una mente y un cerebro más integrado y organizado. Por ello es importante este trabajo hecho por especialistas en psicoterapia.


Por lo tanto, la psicoterapia debe de incorporar el objetivo de reconstrucción de la historia de vida del niño. Sobre cómo hacerlo, en qué momento, bajo qué contexto y con qué técnicas, nos da para otra entrada.


Sobre quienes dudan o tienen miedo de abrir la Caja de Pandora del niño, hacerle daño o perjudicarle tratando su historia de vida, les recuerdo la frase de Boris Cyrulnik: “El horror de lo imaginario es terrible; el horror de lo real tiene un punto de esperanza” El niño, siguiendo esa vocación que tiene la mente de dar sentido a lo que vive, quedará a merced de lo que su imaginación le dicte. Por eso debemos abrirle a lo real, pues le proporciona al niño mucho más ánimo y confianza.

jueves 12 de noviembre de 2009

"Coherencia y sentido común"


Mi amiga y colega Zuriñe me envía por correo electrónico unos vídeos en los que aparece el juez de menores Emilio Calatayud impartiendo una charla.

Este juez es conocido por sus sentencias rehabilitadoras de jóvenes que han delinquido. Medidas que aplaudimos porque lo reparador-rehabilitador siempre educa, al contrario que lo sancionador, que pena o castiga pero no da oportunidades a los jóvenes, en edades cruciales, de poder enderezar el rumbo y rehacer su vida. Condenar a un joven que ha delinquido a sacarse el graduado escolar es una gran idea, y es un ejemplo de tipo de sentencia que este prohombre ha dictado.


Confieso que he escuchado con delectación los dos vídeos en los que este juez da una lección y un repaso respecto a cuál es el origen de los problemas de límites y normas por los que atravesamos actualmente en relación a algunos tipos de adolescentes, y cómo los padres no ejercen la autoridad.


No se puede decir las cosas de una manera tan clara y tan sencilla, y pienso que su diagnóstico y soluciones son de lo más sensatas y necesarias.


Os doy mi opinión, y espero la vuestra con ganas en los comentarios: acierta plenamente. Hemos pasado de padres preconstitucionales a padres postconstitucionales, como él sintetiza genialmente. Los primeros: represivos, intransigentes, autoritarios, duros y escasamente afectivos. Los segundos: indulgentes (cuando no negligentes), de dejar hacer, blandos y afectivamente peterpanescos (si me permitís la expresión) De progenitor distante a colega igualitario.


Y muchas de las noticias que nos invaden respecto a los incidentes en los botellones, la falta de respeto a los profesores, los padres que son agredidos por los hijos, etc. (que no son tan generalizados como los medios de comunicación nos dan a entender pero sí son un fenómeno de nuestro tiempo) son consecuencia de que falta equilibrio, de que hemos perdido el norte, la coherencia y el sentido común, como dice el juez. Necesitamos el punto medio, en él está la virtud, como decían los griegos. Debemos asumir que una sociedad democrática (¡sólo llevamos 25 años de democracia, como dice Emilio Calatayud!, es muy poco) supone que eduquemos en derechos y deberes. Rescatemos la sofrosine, virtud también de los griegos.
Emilio Calatayud. Primera parte:

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Emilio Calatayud. Segunda parte:
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jueves 5 de noviembre de 2009

Cómo hablar con los niños sobre sexualidad


Esta entrada que estoy escribiendo la redacto después de haber navegado por Internet y haber descubierto unos cuantos sitios interesantes sobre niños y sexualidad, y tras reflexionar sobre mis lecturas y práctica profesional.

En este tema, lo primero que tenemos que tener presente es que, aunque creamos que hablar de sexualidad con niños y adolescentes es un tema superado, lo cierto es que no. Los jóvenes todavía siguen recurriendo a amigos, internet o revistas para informarse. En casa, en general, a los padres les sigue dando recelo este tema y lo evitan o lo abordan de manera insuficiente. No es sólo algo que hemos vivido los que tenemos más de cuarenta años (que, en los años de la transición, con el aperturismo en este tema, esperábamos con expectación las charlas que el fraile del colegio nos iba a impartir), sino que los jóvenes de ahora, muchos de ellos, comentan que en su casa no se habla o se habla poco. Esta parece ser la realidad.

Las razones de esto, según lo que yo he indagado, estriban en que a los padres les asusta descubrir que su hijo es un ser sexual. Que tiene instinto sexual. Es como si descubrieran que ya no es su pequeño o pequeña. Es verdad que esto pesa más sobre las niñas que sobre los niños, por razones de diferentes creencias, actitudes y estereotipos, falsas, sobre las expectativas de conducta según el género. También les incomoda a los padres responder a cuestiones que no saben muy bien cómo atacar. No pasa nada, es normal no poder saberlo todo, pero tampoco el niño lo necesita desde el principio sino darle las respuestas acordes con su edad, con lo que vive en ese momento y con lo que necesite saber.

Por ello,  hay que tratar de tranquilizarse y verlo como algo natural, pues si el niño percibe que en casa no se puede hablar, buscará la información fuera. Y esto no es conveniente porque, a veces, las fuentes no son las más adecuadas.

Todos los expertos en este tema coinciden en estos puntos importantes:

- Es bueno empezar a hablar de sexo desde el principio. Los niños tienen diferentes preguntas y vivencias según la edad evolutiva por la que atraviesan. Ahora bien, si nunca se ha hablado, no importa, se puede hacer en cualquier momento. Los momentos que se elijan son importantes, pudiéndose aprovechar oportunidades que surjan en el día a día, creando un clima propicio de confianza donde el niño se atreva a preguntar. El momento tiene que ser tranquilo y relajado.


- Los niños son seres sexuales desde que nacen. Descubren sus genitales cuando comienzan la etapa de exploración de su cuerpo como un órgano más. Además, desde el principio, saben que cuando se limpia esa zona las sensaciones son placenteras. Por ello, hay que desterrar el mito de que un niño no tiene sexualidad. Lo que hay que hacer es percibirlo como algo normal, forma parte de la existencia, con naturalidad.

- Hablar sobre sexualidad con los niños previene que estos sean abusados. Esto les ayuda a conocerse y respetarse y respetar.

- No por hablar de sexo con los niños les vamos a incitar a que se desboquen en este tema: al contrario, les haremos más seguros sobre el particular.

- También hay que tratar este tema con niños que presenten retraso mental u otras patologías físicas o psíquicas, pues son niños como los demás con las mismas curiosidades, deseo de saber y con vivencias similares. Esto que parece obvio, para algunos padres no lo es tanto.

No voy a exponer de qué hablar con los niños según las edades. Para ello he encontrado una página web muy adecuada que ya lo hace (y muy bien, por cierto, es la que más me ha gustado de todas) cuyo enlace os pongo a continuación:


Insistiré en dos puntos que me parecen necesarios y que he comprobado que no se tienen en cuenta como algo importante, a mi juicio al menos.

Parece que las charlas o talleres en los institutos sobre sexualidad, en la adolescencia, se centran más en aspectos fisiológicos y de técnica sexual (que no decimos no sea necesario) pero se obvia y se pasa por alto la transmisión de los aspectos afectivos de la sexualidad. El sexo como instrumento de la expresión del amor y el cariño que se siente por una persona, ha quedado un tanto relegado. Y el sexo como comunicación y unión entre dos seres que han establecido un vínculo, también. De todo esto se habla menos con los jóvenes de tal suerte que creo se banaliza la sexualidad. El integrar la sexualidad dentro del mundo afectivo de los jóvenes favorece una cultura de respeto y de buen trato entre ellos y no convierte a la sexualidad en algo de usar y tirar, incluso que pueda ser instrumentalizado para fastidiar o dañar al otro (“Como le has mirado y sonreído a esa chica, te gusta; ahora me ligo yo con otro chico, me vengo” – me contó una joven que eso le dijo a su novio tras discutir)

Hay que hacer vivir al niño la sexualidad dentro de un modelo de buenos tratos. Creo que de esto hay que hablar con los niños. Promover una sexualidad imbricada en el cariño, respeto, afecto y nunca como algo a usar para ir contra alguien o tratar mal a alguien. Para ello, es importante que en casa se pongan unos límites –cada familia pone los que cree que son cómodos, pero límites debe haber; no todo vale- de respeto al cuerpo y a la persona. No puede ser que haya niños que humillen a niñas bajándoles las faldas en público (lo he leído en prensa hace dos semanas) Esto denota una falta de límites (probablemente en su familia) y una transmisión machista de la sexualidad y de la mujer como objeto aún no superadas, algo que la sociedad a través de la publicidad transmite una y otra vez. De ahí lo de la importancia de los límites también en el área de la sexualidad: respeto a las partes privadas, a los genitales y a lo que quiero y no quiero. Si los niños saben que son zonas íntimas y las viven como suyas, no permitirán que otros las puedan tocar o exponer, evitando los abusos. Y aprenderán que deben respetar las partes privadas de los demás (Por cierto, que dicen los expertos que conviene llamarles por su nombre normal; por ejemplo, vagina y no potota, por ejemplo. Cuando se habla de los ojos no se usa una palabra extraña, por lo tanto no usar nombres raros para referirse a los genitales)

Espero vuestros comentarios, vivencias, opiniones… sobre este tema.

jueves 29 de octubre de 2009

"Guía para el apoyo educativo de niños con trastornos de apego", libro publicado recientemente

Esta guía, como ya expuse en un post hace unos meses, es un instrumento que nace con la vocación de explicar, primero, a los profesionales del ámbito de la educación que trabajan en centros escolares, porqué los niños con trastornos de apego presentan dificultades de aprendizaje y conductuales severas. Porque la mayoría de los niños víctimas de malos tratos padecen una alteración en el establecimiento del vínculo debido a que el daño que han recibido trastorna la capacidad para establecer relaciones positivas, sanas y constructivas. Y, segundo, la de proporcionar pautas y técnicas concretas para su tratamiento educativo tanto en el aula de educación especial o de pedagogía terapéutica como en el aula ordinaria.


Cuando comencé a realizar tratamiento psicológico a niños víctimas de abandono y malos tratos, hace ya unos cuantos años, observé en mis reuniones de coordinación con profesores y pedagogos terapéuticos, las necesidades que de orientación y pautas tenían para tratar, en el ámbito escolar, a los niños con trastornos de apego, uno de los mayores desafíos que se pueden plantear en el día a día del trabajo de los profesores en los colegios. Me encontré con numerosos profesionales que aportaban soluciones de apoyo muy válidas y eficaces (que han sido recogidas en la guía), pero también estuve con otros profesionales que desconocían como ayudar a estos niños. La publicación es fruto de mis años de experiencia en el trabajo directo con los niños en psicoterapia, de mi formación especializada en este ámbito y también de las reuniones de coordinación mantenidas con muchos profesionales de diversos colegios e ikastolas.


Todo ello me condujo a escribir esta guía, titulada, finalmente, Guía para el apoyo educativo de niños con trastornos del apego y que acaba de ser editada, en formato digital, a través de la editorial Libros en red, la cual permite a los autores encontrar un medio para poder publicar sus obras.

Concretamente, en esta guía se puede encontrar, en primer lugar, una breve presentación de los tipos de apego y de cómo se manifiestan.


En segundo lugar, se centra en ofrecer pautas sobre cómo el profesor puede ir tratando la relación con el niño para lograr una alianza de trabajo que se convierta en la piedra angular del resto de intervenciones. A continuación, se detalla cómo organizar la tarea educativa con los niños en el aula de apoyo, en otros espacios (patio de recreo) y en el aula ordinaria, atendiendo a los problemas más comunes que surgen.


Todos los interesados en adquirirla, pueden hacerlo en este enlace de la Editorial Libros en Red.

Espero que os sea de utilidad.



lunes 26 de octubre de 2009

El libro "El yo atormentado" (II y final)


Sigo con los aspectos que destaco del libro "El yo atormentado":

- La utilización del símil de la economía. La economía aplicada a la mente sigue cuatro sencillos principios: el paciente crónicamente traumatizado quizá precise de aumentar los ingresos (de energía mental y física) porque se halle deprimido o bajo anímicamente; quizá tenga que suprimir los gastos innecesarios de energía mental (porque su energía, por ejemplo, se gasta realizando acciones que le defienden del trauma: por ejemplo, con una gran hiperactividad); o quizá tenga que suprimir las deudas (por ejemplo, acciones fallidas del pasado o conflictos no cerrados) Todo ello debe trabajarse en interrelación con lo que se llama eficiencia mental: hacer eficiente a la mente para que administre bien su energía. Ello implica que un paciente traumatizado pero deprimido no puede trabajar en psicoterapia el trauma si primero no nos ocupamos de que su energía (si hay déficit de ingresos) aumente proponiéndole un ocio adecuado, una buena alimentación, reducción del estrés y relajación, por ejemplo.


- El concepto del ciclo de percepción-acción motriz. Las personas traumatizadas, en situaciones de amenaza, emiten conductas muy arraigadas basadas en percepciones automatizadas que implican conductas motrices rápidas. No media la reflexión de la emoción que sintió. Siguen al pie de la letra el significado de la palabra emoción: emovere: un impulso energizante a la acción. Muchas de sus conductas son interpretadas de manera negativa porque se desconoce esto. Por ejemplo, un niño pegó en la pared de la consulta, en la sala de espera, mocos. El terapeuta salió a decirle que ya podía entrar en la sala de consulta y vio los mocos en la pared. Le recriminó al niño y éste reaccionó gritándole, insultándole y, después, escapándose a la calle. La recriminación del terapeuta actuó como un disparador de emociones traumáticas que pasan al cuerpo y se traducen en un acto motriz. Un observador externo diría que el niño no tiene educación, es un provocador, etc. Pero si sabemos que su historia estaba caracterizada por continuas denigraciones a su persona y palizas físicas, podremos llegar a conocer que el terapeuta no debe de recriminar sino, con calma, hablar, explicar y ayudarle a reparar, siempre y cuando el niño no presente emotividad violenta. Si existe esta emotividad, hay que postponer la actuación para otro día. Los autores también nos hablan de la emotividad violenta: no hay que alentar su expresión sino ayudar al paciente a que se fije en su cuerpo y sea capaz de darse cuenta de qué está sintiendo. La emotividad violenta hay que interrumpirla.

- La enorme importancia que tiene la relación terapéutica con el paciente crónicamente traumatizado. El autor le otorga un valor central, de tal modo que se trabaja específicamente en todas las fases de la terapia. Especialmente, hay que abordar con el paciente el miedo a establecer un apego y el miedo, una vez establecido, a perder ese apego. Una relación confiada y segura es el marco indispensable para que estos pacientes puedan prosperar. Me llama la atención y me ha parecido genial cómo se plantea al terapeuta que verbalice con su paciente todo, haciendo especial hincapié en el uso de la empatía ante cualquier problema que surja (por ejemplo, llegar tarde a una cita, enfados del paciente con el terapeuta por cualquier otro motivo…) Los autores enfatizan que el paciente siempre tendrá miedo de que el terapeuta le deje, abandone o recrimine si muestra determinados sentimientos delante de él, por lo que recurrirá a acciones defensivas. Es trascendente, pues, saber manejar e interpretar adecuadamente las conductas del paciente. Finalmente, el establecimiento de unos límites claros en la relación profesional (establecer horarios fijos, determinar un número concreto de llamadas telefónicas fuera de consulta si se contemplan éstas…) ayuda a definir el marco y proporciona al paciente y terapeuta una seguridad. El afecto (respetuoso, sincero y dentro de los límites profesionales) hacia el paciente es contemplado por estos autores y es la primera vez que lo leo de manera clara. Y, realmente, es positivo este afecto.

- El abordaje del objetivo de la regulación emocional antes de empezar con objetivos de elaboración cognitiva o de introspección de los contenidos traumáticos. Los pacientes crónicamente traumatizados presentan problemas de moderados a severos para sentir las emociones y que éstas estén presentes en ellos, conteniéndolas, sin actuarlas. Antes de cualquier trabajo elaborador de la historia de vida, es necesario que los pacientes se autoobserven, buceen dentro de sí mismos y aprendan a conocer y tolerar (sin actuar) gradualmente sus emociones. Los autores no se cansan de repetirlo una y otra vez: primero, abordar la regulación emocional; después, el trabajo elaborador. Proponen todo un inventario de técnicas para abordar el trabajo con las emociones. En los casos más graves, una medicación puede ser necesaria. Esto cuesta todavía entender, pero cualquiera que haya trabajado con pacientes con trauma crónico y grandes desregulaciones, con emotividad violenta, saben que es necesario porque la fisiología del paciente puede requerir del aporte del fármaco. Si no, el espacio de la terapia no es seguro ni para el paciente ni para el terapeuta.

La propia relación terapéutica se convierte en reguladora de las emociones del paciente, es otro aporte valioso de estos autores, siempre y cuando ésta se establezca de manera apropiada.

- Finalmente (podría destacar mucho más, pero no terminaría) resalto el tratamiento por fases que proponen: perfectamente estructurado, magistralmente explicado y detallado, con ejemplos prácticos y un buen número de técnicas.

Si queremos ayudar y mejorar el tratamiento psicoterapéutico de los pacientes crónicamente traumatizados, niños o adultos, que han vivido situaciones, de manera continuada, en la que han padecido abandono severo, malos tratos, carencias afectivas y físicas y que presentan un daño emocional grave, este libro se convierte en imprescindible y, a la vez, apasionante. Cada vez avanzamos más hacia, como dice mi amigo y colega Rafael Benito, psiquiatra, una psiconeurofisioterapia, en la medida en que la ciencia descubre cómo las experiencias modelan la función y esructura cerebral y la mente es la interfaz entre ambas.